Hay días en los que criar se siente lo más bonito del mundo. Y otros…
Criar distinto a como te criaron: cómo romper patrones sin sentir culpa
Hay momentos de la crianza en los que uno se descubre repitiendo una frase que escuchó muchas veces durante su propia infancia. Puede ocurrir cuando un niño no obedece, cuando tiene una rabieta, cuando contesta mal o simplemente cuando una situación se complica y el cansancio empieza a pesar.
Y entonces aparece ese pensamiento incómodo: “No quería hacer esto así. No quiero repetir lo que viví yo.”
Criar a un hijo también implica revisar, aunque sea de manera inesperada, la forma en la que nosotros mismos fuimos educados. Durante la infancia aprendemos cómo se ponen los límites, cómo se resuelven los conflictos, cómo se demuestra el afecto o qué se espera de un niño. Muchas de esas experiencias se convierten en referencias que llevamos con nosotros hasta la edad adulta.
Algunas queremos conservarlas porque forman parte de recuerdos positivos y de aprendizajes que valoramos. Otras, en cambio, nos hacen plantearnos que queremos relacionarnos con nuestros hijos de otra manera.
Ahí es donde aparece la idea de romper patrones de crianza. Y hacerlo no significa renegar de nuestra familia ni considerar que todo lo que vivimos estuvo mal. Significa tener la oportunidad de revisar aquello que aprendimos y decidir qué queremos transmitir a nuestros hijos.
¿Qué son los patrones de crianza?
Los patrones de crianza son aquellas formas de actuar y relacionarnos con los niños que vamos aprendiendo a través de nuestras experiencias familiares, culturales y sociales. No siempre somos conscientes de ellos, precisamente porque muchas respuestas se vuelven automáticas con el paso del tiempo.
Por ejemplo, una persona que creció en una familia donde los niños tenían que obedecer sin cuestionar puede sentir una gran incomodidad cuando su hijo discute una norma. Alguien que recibió muchas críticas cuando cometía errores puede preocuparse especialmente por no corregir demasiado a sus propios hijos. Y quien aprendió que llorar era una forma de llamar la atención quizá tenga dificultades para acompañar el llanto sin intentar detenerlo inmediatamente.
Esto no quiere decir que nuestros padres nos hayan educado mal. Tampoco significa que cualquier comportamiento aprendido durante la infancia sea negativo. La cuestión es que lo aprendido durante esos primeros años no tiene por qué convertirse automáticamente en nuestra única manera de educar.
La llegada de los hijos puede ser precisamente una oportunidad para hacerse preguntas que antes nunca nos habíamos planteado.
Criar diferente no significa hacerlo todo al contrario
Cuando alguien decide criar de una manera distinta a la que conoció en casa, es fácil caer en una especie de pensamiento de extremos. Si en nuestra infancia había muchos castigos, podemos pensar que nunca debemos castigar. Si nuestros padres eran muy estrictos, podemos intentar ser completamente flexibles. Si sentíamos que no nos escuchaban, podemos intentar atender cada emoción y cada necesidad de nuestros hijos constantemente.
Pero cambiar un patrón no consiste en hacer exactamente lo contrario.
Los niños necesitan límites, normas y adultos que les ayuden a entender qué comportamientos son adecuados y cuáles no. La diferencia puede estar en cómo se establecen esos límites y en qué ocurre cuando el niño no los respeta.
La disciplina positiva, por ejemplo, plantea una educación basada en el respeto y en el aprendizaje, evitando recurrir a castigos físicos o a prácticas humillantes. La crianza respetuosa tampoco significa permitir cualquier comportamiento: acompañar una emoción y poner un límite pueden suceder al mismo tiempo.
Por eso puede ser más útil preguntarse “¿qué quiero enseñar con mi respuesta?” que intentar decidir si queremos repetir o eliminar exactamente lo que hicieron nuestros padres.
Cuando reaccionas como no querías
Uno de los momentos que más culpa puede generar es aquel en el que reaccionamos de una manera que llevábamos tiempo intentando evitar.
Quizá llevas meses intentando no gritar y un día, después de repetir diez veces lo mismo, terminas levantando la voz. O has decidido no utilizar determinadas amenazas y, en un momento de agotamiento, te escuchas diciendo precisamente aquello que no querías volver a decir.
Es fácil interpretar ese momento como un fracaso. Sin embargo, una reacción puntual no define toda la relación que tienes con tu hijo.
Lo interesante es observar qué ha ocurrido. ¿Estabas cansado? ¿La situación llevaba mucho tiempo acumulándose? ¿No sabías cómo poner el límite de otra manera? ¿Esa situación concreta despierta en ti una respuesta que conoces desde pequeño?
Entenderlo no sirve para justificar cualquier comportamiento, pero sí puede ayudarte a identificar qué necesitas cambiar.
Además, después de un conflicto existe algo que durante mucho tiempo se ha prestado poca atención en la crianza: la reparación. Si has gritado, puedes reconocerlo. Si has respondido mal, puedes explicarlo. Pedir perdón a un hijo no elimina la autoridad del adulto ni significa que el límite deje de existir.
Puedes decirle que estabas enfadado y que aquello que hizo seguía sin estar bien, pero que no fue adecuado hablarle de esa manera. Así también aprende algo importante: que las personas pueden equivocarse y que una relación puede repararse después de un conflicto.
La culpa de querer hacerlo diferente
Criar de una manera distinta también puede generar conflictos internos con nuestra propia familia.
Hay personas que sienten que están cuestionando a sus padres cuando toman decisiones diferentes. Otras escuchan comentarios como “a nosotros nos educaron así y no pasó nada” o “antes los niños obedecían y punto”, y empiezan a dudar de sus propias decisiones.
La culpa puede aparecer incluso cuando no existe un conflicto real con nuestros padres. A veces simplemente sentimos que estamos alejándonos de algo que nos resulta familiar.
Sin embargo, reconocer que una determinada experiencia no quieres repetirla con tus hijos no obliga a convertir a tus padres en culpables de todo lo que no funciona en tu vida. Podemos tener una relación afectuosa con nuestra familia y, al mismo tiempo, elegir una forma diferente de educar.
También podemos reconocer que nuestros padres hicieron algunas cosas bien y otras que hoy queremos abordar de otra manera.
La infancia no tiene por qué dividirse entre “todo estuvo bien” y “todo estuvo mal”.
Cómo empezar a identificar los patrones que quieres cambiar
No hace falta hacer un análisis completo de tu infancia para empezar. A menudo es más sencillo fijarse en las situaciones cotidianas que generan una reacción especialmente intensa.
Piensa, por ejemplo, en qué ocurre cuando tu hijo no hace caso, cuando llora, cuando se enfada, cuando comete un error o cuando tienes que repetir una indicación varias veces.
Después puedes preguntarte cómo se resolvían esas situaciones en tu propia infancia.
Quizá en tu casa se gritaba. Quizá se castigaba. Quizá se ignoraba el problema hasta que el niño dejaba de protestar. Quizá había mucho diálogo. Quizá había normas muy claras, pero pocas explicaciones.
La comparación puede ayudarte a descubrir qué quieres conservar y qué prefieres modificar.
También puede ser útil prestar atención a las frases que salen automáticamente de nuestra boca. “Porque lo digo yo”, “como sigas así…”, “los niños buenos no hacen eso”, “deja de llorar”, “si no haces caso, te quedas sin…”.
No se trata de prohibirse determinadas palabras de un día para otro. Se trata de empezar a reconocerlas y entender qué hay detrás de ellas.
Buscar alternativas es tan importante como dejar de repetir
A veces sabemos perfectamente qué no queremos hacer, pero no sabemos qué hacer en su lugar.
Es fácil decir “no quiero gritar”, pero bastante más complicado cuando un niño lleva diez minutos enfadado y tú también estás perdiendo la paciencia. Saber que no queremos castigar no nos proporciona automáticamente otra herramienta para resolver el conflicto.
Por eso, cambiar patrones requiere aprender nuevas estrategias.
En lugar de intentar conseguir obediencia inmediata mediante una amenaza, podemos explicar el límite y anticipar qué va a ocurrir si no se cumple. En una rabieta, podemos acompañar el enfado sin permitir comportamientos que hagan daño. Cuando un niño comete un error, podemos centrarnos en ayudarle a entender qué ha ocurrido y cómo solucionarlo en lugar de convertir el error en una etiqueta sobre su personalidad.
No siempre funcionará. Los niños seguirán teniendo rabietas, se enfadarán, pondrán a prueba los límites y habrá situaciones difíciles.
La diferencia es que poco a poco vamos incorporando más recursos para responder a ellas.
También hay cosas de tu infancia que merece la pena conservar
Hablar de romper patrones puede hacernos pensar únicamente en aquello que queremos cambiar. Sin embargo, nuestra historia también está llena de experiencias que queremos llevar con nosotros.
Puede que recuerdes los cuentos antes de dormir, las comidas familiares, las excursiones, las tardes jugando, las canciones que cantabais en casa o determinadas tradiciones que todavía hoy te hacen sentir bien.
Todo eso también forma parte de la manera en la que educamos.
Criar diferente no implica construir una infancia completamente distinta a la que tuvimos. Podemos mantener muchas de las cosas que funcionaron y modificar aquellas que consideramos que no queremos repetir.
De hecho, una de las partes más interesantes de la crianza consiste precisamente en seleccionar conscientemente aquello que queremos transmitir.
No heredamos únicamente dificultades. También heredamos vínculos, costumbres, valores, historias y formas de cuidar.
Tu hijo no necesita que lo hagas todo perfecto
Una de las trampas de intentar criar de una manera diferente es convertirlo en una nueva exigencia.
No gritar nunca. Tener paciencia siempre. Responder correctamente a cada rabieta. Validar todas las emociones. Poner límites de la manera adecuada en todo momento.
Es una expectativa imposible de mantener.
Los niños no necesitan convivir con adultos que nunca se equivocan. Necesitan relaciones estables y adultos que puedan responder a sus necesidades, establecer límites, escucharles y reparar cuando las cosas no salen bien. Las interacciones cotidianas entre niños y adultos, especialmente cuando son sensibles y receptivas, desempeñan un papel importante en el desarrollo infantil.
Por eso, si un día pierdes la paciencia, no significa que hayas vuelto al punto de partida. Lo importante es qué haces después y qué vas aprendiendo de esas situaciones.
A veces cambiar un patrón consiste simplemente en conseguir que una reacción que antes aparecía siempre empiece a aparecer menos.
Romper patrones es un proceso, no una decisión
Probablemente no exista un momento concreto en el que puedas decir: “Ya está, he dejado atrás la forma en la que me criaron”.
Habrá situaciones en las que tengas muy claro cómo quieres actuar y otras en las que te sorprenderás reaccionando de una manera que creías haber dejado atrás.
Eso forma parte del proceso.
Criar a un hijo nos obliga muchas veces a aprender mientras lo hacemos. Vamos descubriendo qué nos funciona, qué necesitamos mejorar y qué situaciones nos cuestan especialmente. También podemos pedir ayuda, leer, escuchar a profesionales o buscar nuevas herramientas cuando sentimos que las que tenemos no son suficientes.
Y quizá ahí esté la parte más importante de todo esto: no necesitas cambiar tu historia para ofrecerle a tu hijo una experiencia diferente.
Tu infancia forma parte de ti, pero no determina cada una de tus decisiones como padre o madre.
Puedes quedarte con lo que quieres conservar, cuestionar lo que no te convence y aprender nuevas formas de relacionarte con tu hijo.
Y cuando alguna vez te equivoques, también puedes parar, reconocerlo y volver a intentarlo.
Porque criar distinto a como te criaron no consiste en hacerlo todo perfecto. Consiste en tener la posibilidad de mirar lo que aprendiste, decidir qué quieres mantener y construir, poco a poco, tu propia manera de acompañar a tus hijos.


